Gerard Piqué me representa

Aceptando todas las opiniones contrarias, la mía es que, con sus defectos y sus errores, como futbolista y persona, Gerard Piqué me representa.

Gerard Piqué, saco de boxeo o ídolo, se quebró por dentro. Fueron las lágrimas de quien sufre. De quien, pese a quien pese, piensa lo que dice y dice lo que piensa. Después de un día de tensión política y cargas policiales, de un debate sobre lo legal y lo ilegal, de un día donde todos dijeron haber ganado y todos perdimos, Piqué jugó en un estadio vacío. Y cuando acabó, lejos de correr a esconderse debajo de la cama, como algunos políticos, dio un paso al frente. Respondió a todo lo que le preguntaron, con más o menos acierto y tino, y visiblemente emocionado, anunció que, si hay federativos o compañeros no le quieren en la selección, abandonará el combinado nacional. Hubo quien aplaudió su discurso y quien lo condenó. Por haber, hubo hasta quien festejó el posible adiós de Piqué como un día de caza; como un título, de penalti y en el último minuto.
Hace años que un sector periodístico aplica a Piqué, sin disimulo, una cadena perpetua de rechazo. Es apuesto, empresario de éxito, jugador de elite y tiene ideas políticas. Nada del otro jueves salvo porque, además de ser culé, es abiertamente antimadridista, un crimen intolerable en un país que, a nivel mediático, es más blanco que el anuncio del detergente. De ahí, no de cualquier otro lugar común, nace un rencor expandido: jamás le perdonarán que tuviera la valentía o el mal gusto de reírse, de manera socarrona, pero poco elegante, del Madrid. De ahí el rechazo. Nunca le pitaron por culé. Ni por catalanista. Su condena social, implacable, le persigue desde que fue capaz de reírse, públicamente, del Madrid. Desde entonces, antorcha en mano, los inquisidores piden su cabeza: primero, con lluvia fina de porquería. Hoy, con granizo. Hay barra libre.

Piqué, inaguantable para todo madridista – normal en clave deportiva-, soporta, estoicamente, un castigo al margen de cualquier rivalidad sana y tolerable. Con la coartada política de marras, a Piqué, por posicionarse a favor de un referéndum, sea legal o no, le han prefabricado una falsa prótesis de independentista y le han colgado la etiqueta de anti-español. Que la verdad no te estropee una noticia, aunque sea falsa. Hace años que la caverna, experta en el venenoso arte, a cuestas con su particular máquina de cazar independentistas, lo sean o no, decidió que el tiro a Piqué era deporte olímpico. El motivo, su antimadridismo. La excusa, la política. En ello siguen.

Uno asume con naturalidad que haya quien no trague a Piqué, quien no comparta su opinión, ni sus ideales. No se trata de santificarle, ni de disculparle por sistema. De lo que se trata es de entender que, excusa patriotera mediante, a Piqué, como al marine Santiago, en ‘Algunos hombres buenos’, le han aplicado un ‘código rojo’ los cofrades del pensamiento en blanco. Piqué se siente catalán y juega en una selección a la que se ha entregado con profesionalidad y compromiso. Lo ha hecho cuando le aplaudían y vitoreaban – antes de reírse del Madrid-, cuando le han abucheado e insultado – después de reírse del Real-, y también cuando la ‘central lechera’, ignorando la defensa cerrada de compañeros y seleccionador, ha apagado el fuego con gasolina, reclamando más pitos cuando todo se había calmado.

Piqué carga con sus errores y aciertos, con su conciencia y sus ideas. Y además, en su pesada mochila, carga con rencores ridículos y con unos pitos teledirigidos por quienes confunden ofender al Madrid con ofender a la selección, como si el Madrid y España fuesen la misma cosa, como si los enemigos del Madrid tuviesen que serlo de España, como si la selección fuese suya y no de todos. Hay quien dice que no se siente representado por una selección en la que juegue Piqué. Perfecto. Con la misma intensidad, que no más razón, a mí no me representa una selección sin Piqué, porque la selección no es un club, ni una caza de brujas periodística, ni un concurso de patriotismo. A mí no me representa un periodismo que jalea un cordón sanitario a un jugador al que difaman gratis, camuflándolo en el politiqueo y la patria. Conmigo que no cuenten.

Aceptando todas las opiniones contrarias respetuosas, que no caigan en la mentira o el insulto, les diré, con la venia, queridos lectores que, si han llegado hasta aquí, a mí me representa un país en el que se hable y se escuche. Me representa una selección en la que sepamos distinguir entre clubes y combinado nacional. Me representa esa selección a la que animan hinchas del Madrid que saben que, aunque Piqué sea inaguantable porque es del Barça, se le debe respetar porque, cuando viste de rojo, es uno de los nuestros. Me representa Gerard Piqué, con sus aciertos y errores, con sus bondades y defectos. Me representa aunque no me de entrevistas, aunque no es de mi equipo y aunque no piensa como yo. Me representa como futbolista y como ciudadano, porque somos personas y no banderas. Fui, soy y seré siempre de Gerard Piqué.

Rubén Uría / Eurosport

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